Observatorio Constitucional Por José Ramón González Chávez

Comunicación, Constitución y Representatividad
A lo largo de la historia, la comunicación y la información han constituido el campo en donde se ha desarrollado una gama muy amplia y compleja de choques dialécticos entre el poder público y sus órganos, legislativo, ejecutivo y judicial y el contrapoder.
Históricamente, la forma en que la gente piensa y actúa, determina el contenido y destino de las normas, principios y prácticas sobre los que se desarrollan lo que llamamos la sociedad y su estructura. De ahí que la opinión pública sea tan importante en la construcción y evolución de todo sistema democrático.
Si bien el sentido de coerción propio de lo social, por un lado, y el miedo del viejo sistema a alterarlo, propio de lo político o de los políticos, se siguen empleando como fuentes decisivas para que los dominantes impongan su voluntad a los dominados, y con ello, los sistemas institucionales se condenen a un ciclo vital limitado, más aún si se basan principalmente en la represión material, psicológica o mediática, si la mayoría de la gente no se alinea a los contenidos de las políticas,, sus normas y disposiciones, al final el sistema cambiará, aunque por desgracia no necesariamente para satisfacer las expectativas de los agentes del cambio social y no necesariamente sin dolor ni costo.
En comunicación, a partir de la conceptualización del poder carismático de Max Weber, donde la importancia de la política se basa en la personalidad del líder, el mensaje más poderoso de este siempre será un mensaje sencillo adjunto a una imagen, sea gráfica y/o conceptual. La política mediática tiende a la personalización de políticos que puedan “vender” su imagen adecuadamente, junto, claro está, a ciertos “valores”, ya sean reales o inventados. Así, el político mediático pretende erigirse en la encarnación simbólica de un mensaje de confianza en el entorno de su personaje y luego en términos de la proyección de esa imagen, arropada en dichos “valores”.
Los ciudadanos no leen los programas, ni de candidatos, ni de partidos; prefieren confiar en la información que les dan los medios. Al final, su decisión de voto estará en función de la confianza que estos proyecten. Por lo tanto, el candidato, o mejor dicho su personaje, tal y como ha sido proyectado en los medios, pasa a ser esencial; porque los valores a los que se asocia –y que es lo que más importa a la mayoría de la gente– están encarnados en él. La balanza es inclinada por los votantes independientes o indecisos e incluso por los no votantes.
La credibilidad, la confianza y el personaje se convierten en cuestiones primordiales a la hora de definir el desenlace político electoral, la destrucción de la credibilidad con el argumento aunque sea falso de la corrupción política e incluso la eliminación mediática o hasta física del personaje, se convierten en armas políticas muy poderosas. La historia nos muestra que muchos sistemas políticos han sido sacudidos y numerosos líderes han sido defenestrados luego de una cadena de escándalos. En otros casos, se han derrumbado partidos políticos y hasta sistemas que parecían anclados sólidamente en el poder durante décadas, llevándose consigo en su desaparición el régimen que construyeron. Ejemplos recientes dentro y fuera de México sobran.
Ahora se puede dosificar el escándalo, las filtraciones; hacerlas crecer o disminuir poco a poco, modularlo, añadirle veracidad o ficción de acuerdo al rating, llevando al político hasta el clímax del posible enjuiciamiento legislativo o judicial, cuyos miembros también negocian con ellos y con los medios a cambio de protección en una aparente defensa de la democracia; cercadores y cercados hacen tratos políticos y mediáticos, con lo cual se cierra el ciclo y el sistema se retroalimenta perversamente.
Ante tal escenario vale la pena reflexionar sobre la vigencia del principio constitucional de representatividad. ¿Esos políticos son los que realmente representan el sentir y querer de la ciudadanía?